Antes que profe de yoga, soy humana.
Será por eso que necesito estar cerca de la naturaleza. Reconozco en ella esa ciclicidad tan característica y la respeto en cada una de sus estaciones: el frío que invita a recogerse, el calor que expande, el florecimiento y también la muerte, que deja lugar a lo nuevo. En esos ciclos encuentro una conexión profunda con lo que soy y con todo lo que me rodea.
Me encanta andar en bici, salir a pasear con mi perra, irme de campamento, viajar, armar planes con mis amigas y compartir con mi familia y mi pareja. Disfruto lo simple: un fogón, una caminata, una charla larga, unos mates, un atardecer.
Mis amigas dicen que soy singular, elocuente, compañera, perseverante, emprendedora, reflexiva, espiritual y ocurrente (que mejor que me lo digan ellas!).
Me gusta pensar que todo eso viaja conmigo a cada clase, junto con mi premisa más importante: que salga del corazón.
Mi primer contacto con el yoga fue casi de casualidad, con videos de YouTube. Después, en un viaje del alma por Guatemala y México, me encontré con personas que vivían la práctica y profundicé en ella. Ahí también aprendí reiki y viví otras experiencias, como los temazcales, que me iniciaron en este camino espiritual.
Cuando digo que soy espiritual, no hablo de una sola forma de serlo. Muchas veces pensamos la espiritualidad como algo ligado a la religión o, en el otro extremo, al mundo new age y a un positivismo constante. Para mí es otra cosa: una espiritualidad libre de dogmas, que no te dice qué creer ni cómo sentir. Una que cada persona puede descubrir y armar a su manera, según lo que le hace bien.
En plena pandemia, la práctica se volvió algo mucho más profundo: una herramienta para habitarme de una manera totalmente nueva. Aprendí a escucharme, a sentirme y a moverme desde el cuidado y no desde la exigencia. El yoga me enseñó valores que no conocía, y me cambió la forma de estar conmigo y con los demás.
Creo que, de alguna manera, todos vivimos un renacer en ese momento. Para mí significó un cambio total de vida: el comienzo de un camino más genuino y coherente con quien me estaba convirtiendo, con quien soy hoy y hacia donde voy.
Hoy comparto en Rumba Yoga lo que la práctica me dio a mí: un espacio para escucharte, respetar tus propios ciclos y moverte a tu ritmo, de adentro hacia afuera. Si llegaste hasta acá, me encantaría conocerte, en una clase, en la playa o donde la vida nos cruce.